martes, 30 de septiembre de 2014

Viaje a Pucón en 1912 ( Segunda Parte) (Cuaderno de notas)





Seguimos nuestro camino silencioso solo con el cantito “parece jardín” que nos acompañaba. Yo traté de dormir lo cual no fue posible porque de repente un golpe fuerte me recordaba que no estaba en la cama sino que en la carreta. Yo quise arreglar algo la situación y le contaba de Valparaíso y Santiago, lo que les gustó mucho y me preguntaron si era muy bonita La Moneda donde vivía el Presidente y que yo seguro le conocería todos sus salones elegantes, a lo que no sabiendo mentir les conté: ¡Claro que conozco La Moneda pero sus salones no!. Y me decían: sus papás deben haber estado en el palacio y yo para no  desilusionarles mucho les dije que mi papá pasaba a veces por ahí. Charlamos varias horas y se olvidaron de que yo no quería chupar mate con ellos. Volví a preguntar ¿falta mucho?. Me dijeron detrás de esa loma  viene Huiscapi y llegaremos  a la merienda donde las señoritas Rivera, son muy buenas y tienen muy buena casa, ya están avisadas y la recibirán muy bien. Tienen camas muy elegantes y ellas mismas bordan y tejen a crochet, así que tienen  los almohadones más lindos y todo almidonado y le diré que no reciben a cualquiera, solo a la riquería. Yo miraba y miraba y me parecía que la loma no aparecía nunca. De pronto ¡qué alegría!, la loma se corrió y estábamos atrás, esto era un bajo, por consiguiente la peor parte del camino y dice el viejito ¡ parece que  vamos a tener que apearnos!. Yo miraba el gran fango y pensé ¡tanto machucarse para quedarnos por secula en el barro!, pero luego el viejito se bajó y con energía picaneó y gritó a los bueyes, unos cuantos tirones y salimos del fango y el carretero dice muy contento ¡Por suerte tenemos un pértigo nuevo.
Por fin vimos la casa de las señoritas Rivera, primero salieron diez perros grandes, luego las dos señoritas muy arregladas y otros pocos perritos chicos detrás. Me llevaron casi en andas, la casa muy aseada con una gran estufa y grandes alfombras hechas por ellas. Me calenté un rato y cuando ya pude andar me llevaron al dormitorio. Todo lo que me había dicho la viejita era poco en cama elegante. En el almohadón grande había en preciosos colores un par de palomas que se besaban. Yo les admiré mucho los bordados y me contaron que la seda era importada. La comida era muy buena y abundante y cuando me preguntaron si quería acostarme tenía la clave para mi palabra ignorada. No supe como caí en la cama, solo recuerdo que varias veces desperté asustada pensando que mi carreta se daba vueltas. Al siguiente día, temprano, una de las señoritas me trae personalmente el desayuno en una  bandeja en la que había de todo. Yo le dije que no podría comer tanto y ella me dice coma no más ¡se vé tan flaquita!. Cuando ya estaba en la mitad del desayuno  se asoma muy prudente mi carretero y me dice que es hora de seguir el viaje, que no llueve muy fuerte y si esperamos nos pillará la lluvia por el camino. Saltar de la cama y estar lista en la carreta fue de un santiamén. Me despedí con mucho cariño de las dueñas de casa y partimos de nuevo con la tonadita de parece jardín. Oscureciendo llegamos a Villarrica. Fue un gran gusto llegar a una casa donde me recibieron con gran cariño en una casa que no siendo muy grande encerraba un gran corazón.
Mi cuñado Otto y su señora fueron muy cariñosos conmigo. Tenían una cocina grande que era el hogar de la familia. La gran estufa prendida todo el día en el invierno. Todos nos sentíamos muy confortables, era la lumbre del hogar en todo sentido, era mucho más acogedor que una chimenea prendida en un living del norte.
Pasan varios días, esperamos un día sin temporal ni puelche para atravesar el lago Villarrica y llegar a Pucón. Por fin llegó el día tan esperado y nos embarcamos en el vapor de mi cuñado con su esposa y familia. Era el primer vapor construido por él mismo  con la ayuda de un técnico H.Felis, que venía de un astillero de Valdivia. El viaje fue muy agradable, íbamos caleteando por la costa del lago Villarrica que en ese tiempo era muy bonito, casi en todas partes llegaban los bosques al mismo lago y muchas veces se reflejaban en las aguas cristalinas. En una parte llamada en ese tiempo “Los Riscos” atracó el vapor a dejar correspondencia, pues era la única manera en esos tiempos para esas gentes de conseguir sus cartas o telegramas urgentes. De allí directamente a Pucón, de lejos se veía la península muy pintoresca, me contaban que le pertenecía a don Clemente, que estaba como treinta años allí, cuando había un boquete pequeño para atajar los malones de los araucanos. Cuando pregunté asustada si eso existía todavía me dijeron que ahora no quedaba nada más que la casa de la aduana con su jefe y un par de matones, pero estos solo para atajar los arreos que venían de Argentina, los arreos chicos, pues los grandes daban otra vuelta y por lo general eran grandes señores, pero eso cambió luego.
Así llegamos a mi nueva Patria, pues esto no parecía pertenecer a Chile. Pucón estaba entre el lago Villarrica a los dos lados y el potrero de resguardo, terreno fiscal reservado para resguardar la frontera. En verdad esto no podía llamarse pueblo, en la orilla de la playa, en las dos puntas las dos casas comerciales y en el medio de la plaza, la aduana con su matadero, es decir un arco donde se carneaban los animales que eran la multa de algún papel extraviado  o el pago de un pobre arriero que traía un par de animales. Esto era muy práctico porque para diez o quince familias que formaban el pueblo con sus alrededores no se podían tener una carnicería o un matadero. A un lado de la plaza habían varias casas, una era el correo y telégrafo en otra vivía una viejita que daba clases, parece que cobraba dos pesos mensuales. Me decían que la viejita era tullida, pero los niños aprendían muy bien. Se contaba que cerca de ella manejaba  una varilla larga, eran los tiempos que la letra entraba con sangre. A ese mismo lado vivía doña Matilde, que era la única casa de pensión para los pasajeros comerciales y gente que pasaba por el paso para Argentina. Al frente de la plaza la casa de mi cuñado, la cual había arrendado mi marido por dos años porque no creíamos que nos quedaríamos por más tiempo. Quien creyera que nos quedamos hasta 1948 cuando el volcán pasó por nuestro pequeño campo y se llevó en un momento todo lo plantado y trabajado, dejando un saldo de tremendas piedras, palos y raíces que bajaron por la  En ese tiempo habían en Pucón solo dos calles, una que iba directamente desde el muelle a la punta de la plaza donde estaba el negocio de don Clemente y se nombraba por su nombre y de aquí se atravesaba al sesgo  la plaza y se llegaba a la calle única a la alameda de don F. Kause y seguía a Argentina. Esta calle no tenía nombre pero en sus tres o cuatro cuadras había unas ocho casas. No sé cómo se llama ahora, pero creo que debiera llamarse “Doña Claudina”. Era la casa más arreglada y en las tardes cuando terminaban de cantar los sapos y ranas empezaba el canto de doña Claudina. Contaban que las niñas tenían muy buena voz y que doña Claudina tocaba divinamente el arpa. Yo la oía de lejos cuando ya cantaban las notas más altas quizás porque los ánimos estaban de acuerdo con las notas. Por fin un día tuve la oportunidad de conocer a la famosa Claudina. Fuimos al potrero de resguardo a cazar torcazas y pasamos por el frente de la casa de doña Claudina. Ella salió a la puerta y dice con malicia: “Don Fernando, que hace tiempo que no lo veo por aquí, parece que ya no recuerda cuando venía con sus arreos y tocaba tan bonito la guitarra”. Mi marido muy confundido le dice: “Parece que me confunde con un hermano, somos muy parecidos”. Ya íbamos llegando al potrero de resguardo y todavía se oía la cantante risa de doña Claudina. Debo agregar que en ese tiempo realmente pensé que se trataba de una equivocación.
Llegamos a casa a pelar las torcazas con la ayuda de un viejito holandés que nos contaba que había sido marino y una mala maniobra lo dejó en la zona. Era un excelente ayudante, secretario, cocinero. Muy leal y cariñoso y me cuidaba como a una hija. No hablaba castellano y tenía sus palabras raras pero nos entendíamos en alemán. Todos lo llamaban “muchaico” porque el usaba una palabra parecida. Con el tiempo descubrí que esa palabra quería decir marco de puerta o marco de ventana. Él no se hacía problemas con su sobrenombre. Él era nuestro cocinero, claro que no había mucho para elegir: truchas, torcazas y carne de cordero y muchas papas. Si alguien me hubiese dicho que en Chile se importarían las papas me habría reído con más fuerza que doña Claudina, pero así fue. Recuerdo que muy de vez en cuando alguien carneaba un vacuno y una vez mi marido compró una pierna y tuvimos carne por toda la casa. Incluso Fernando le regaló a algunos vecinos, pero uno de ellos le mandó el regalo de vuelta. Después supimos que pensaban que Fernando le había puesto veneno. Eso me desesperó, pero en general la gente era muy desconfiada y yo me contagié con eso y con los años aprendí a ir personalmente a comprar la carne y elegir los cortes. Así pasamos el primer invierno en Pucón. Con buen fuego y bastante leña que se recogía en la playa. Mi marido escribía para El Mercurio dando a conocer las bondades de la zona que según él, algún día sería la Suiza chilena que tenía un gran porvenir y que había que trabajar para conseguir un ferrocarril para sacar las grandes riquezas madereras de la zona. En ese tiempo se pelaban los lingues y esa cáscara se mandaba a Valdivia y se exportaba a Alemania para curtir las suelas. Muchos años después, se verían cumplidos los sueños de mi marido pero él no alcanzó a disfrutar nada de eso. Lo único que alcanzamos a pescar fueron salmones pues en 1911, el señor Alberto, Jefe de Piscicultura había puesto las ovas en varios esteros. (Continuará)