martes, 19 de junio de 2007

Nuestro años blanco invierno





“Hace algunos años atrás, creo que el 2004 o 2005, nevó con bastante intensidad especialmente en la provincia de Coyhaique Se levantaron muchas voces y se declaró a la Comuna en estado de emergencia. Sin embargo esta declaración me hizo rememorar otros inviernos de nuestra querida Patagonia y me hizo pensar que los aiseninos hemos perdido el temple que nos inculcaron nuestros padres. Hace treinta o cuarenta años no se suspendían las clases por la nieve y menos aún se nos declaraba zona de emergencia ante un hecho de la naturaleza que era normal y esperado. En mi ya larga existencia recuerdo muchos crudos inviernos, recuerdo mi época de estudiante en la escuela básica de Chile Chico en donde la nieve era un elemento más para jugar y entretenernos, en donde el hielo era una fiesta que nos permitía patinar y largarnos en trineo por la “huella” (la subida del camino que lleva a la zona del interior). Luego, después de jugar encantados en la nieve y la escarcha nos refugiábamos en el calor de nuestras casas. Eran otros tiempos, los pobladores, conocedores de los duros inviernos, se aprovisionaban con tiempo de leña y de víveres y para los animales se cultivaba el forraje o se adquiría a los chacareros. Nadie esperaba la ayuda del Estado, creo que nunca se dio esa ayuda, al menos no la recuerdo.
Hace un tiempo leía una entrevista efectuada por Jacinto Tejeda a don Honorio Ampuero en Cochrane, don Honorio fue un antiguo y querido poblador de esa zona y le contaba a Jacinto Tejeda “ llegué a poblar el año 28 con cincuenta animales vacunos, ese invierno se me murieron todos, solo salve cuatro”, pero a pesar de eso, don Honorio siguió luchando solo, sin la ayuda de ningún gobierno y una y cien veces se levantó .Ese era el temple del antiguo habitante de Aisen. No estoy en desacuerdo con que el Estado ayude a las personas que han tenido dificultades con los fríos, solo quiero recordar otros tiempos, cuando la gente de Aisen tenía coraje para soportar las dificultades, cuando no existían caminos, cuando el poblador llegaba en el verano acarreando su lana en pilcheros hasta Coyhaique para volver con esos mismos pilcheros llenos de víveres a sus campos, en donde junto a su familia, soportaba los duros meses de invierno, cuidando sus animales, limpiando la nieve de los árboles y matorrales para que bajo ellos se guareciera el ganado. Hoy, al menor contratiempo solicitamos ayuda, ya no nos queda esa fuerza que hizo grande a nuestros padres y abuelos, que lucharon denodadamente, sin ninguna ayuda, ni créditos blandos, ni concentrados para animales, ni canastas familiares, y sin embargo, esa fue la época de mayor riqueza de Aisen, la época en que el poblador tenía animales y los vendía a buen precio, la época de las grandes cosechas de lana que atraían en la temporada a cientos de trabajadores desde Chiloé a las esquilas. Cada paso hacia la modernidad nos ha ido achatando el espíritu. Hoy se nos viene el mundo abajo porque un camino se corta, porque un río se lleva un puente o un rodado impide el tránsito, aún sabiendo que en pocas horas o en pocos días habrá maquinarias y hombres trabajando y volviendo las cosas a su normalidad. Recuerdo los caminos de antaño, llenos de dificultades, que los trabajadores de Vialidad solucionaban a pala y picota. Recuerdo el largo transito por el camino a Ibáñez que podía ser de dos o tres días desde Coyhaique, viaje que hoy en pleno invierno hacemos en dos horas. Muchas veces un camión se demoraba un día entero en recorrer desde la Lomita hasta Puerto Ingeniero Ibáñez, tramo que hoy hacemos en menos de veinte minutos. Para que hablar de los caminos de Cochrane a Entrada Baker o de Cochrane a Puerto Bertrand. Verdaderas odiseas . Hace treinta años o cuarenta años la escarcha no reventaba las cañerías porque no teníamos agua potable,los militares no salían a romper la escarcha de las veredas y calles porque como éramos más solidarios, eso lo hacíamos entre los vecinos y no pasábamos frío porque la leña era abundante y barata y con antelación todos los hogares se aprovisionaban de ella. Hace treinta o cuarenta años, sin ninguna duda la vida era dura, pero infinitamente mejor. La mayor parte de las casas eran de madera y los colchones de lana, superaban con creces a la espuma y la familia reunida en torno a la cocina, tenía, no cabe duda, mucha más comunicación que ahora. No importaba el frío, la nieve, la escarcha, allí estaban los padres y sus hijos reunidos en el hogar, cobijados en torno a la estufa, que muchas veces era solo un tacho, pero que junto al fuego irradiaba el calor y el amor. No cabe duda de que el invierno era la estación de la familia, era el tiempo de escuchar las historias de nuestros padres y de nuestros abuelos, era la estación de la comunicación, en donde padres e hijos se conocían y compartían más.
Si,… los aiseninos hemos perdido el temple de antaño y sobre todo, hemos perdido la calidez de nuestra vida. Bien dicen que :”Todo tiempo pasado fue mejor”.