miércoles, 18 de julio de 2007

Yo acuso


Hoy me he puesto a pensar en el proceso de colonización de Aisén. En las tremendas dificultades que tuvieron los primeros pobladores para llegar hasta la zona, transitando por la República Argentina en viajes que muchas veces duraban años. También me he puesto a pensar en la cultura ganadera de nuestra región, en nuestras arraigadas tradiciones campesinas. Es cierto, nací en una familia que no tuvo que ver con el campo, pero crecí rodeada de campesinos en mi pueblo, cuyas únicas actividades en mi infancia eran la ganadería y el comercio. Crecí escuchando hablar de señaladas, pialaduras, rodeos, troperos, jineteadas. Luego, cuando me fui a vivir a Cochrane esa vivencia se hizo mucho más fuerte. Allá mis amistades provenían en su mayor parte de gente criada en el campo. Siempre me sentí admirada de tantos conocimientos, de la sencillez de sus vidas, de la facilidad que tenían para sortear dificultades de toda índole. En Cochrane comencé a ir a señaladas, a disfrutar las fiestas con acordeón y guitarra, a hacerme adicta a la ranchera, un baile precioso, a la poesía campesina que en su sencillez es un dechado de consejos o bien nos transmiten historias. Muchas veces fui a lo que era la Estancia Baker, después Estancia Lago Bertrand, por último Estancia Valchac. Esa estancia estaba dividida en numeroso cuadros o potreros de grandes extensiones como “el 18”, “el Hunco”, “la cerrillada”, “el cuadro grande” etc., todos lugares que estaban a cargo de un capataz y algunos trabajadores. Hoy eso se terminó y yo acuso a doña Cristine MacDewitt de Tompkins de haber atentado contra nuestra cultura, contra nuestras tradiciones, contra nuestra forma de vida. Hoy hay grandes extensiones de tierra sin alambrados, ya no hay movimientos de animales, ya no hay troperos, ya no hay arreadores, ya no hay esquiladores, ya no hay faenas de señalada, de marcación, de capa. La dieta principal de los aiseninos y sobre todos los del sur de Aisén era la carne de capón y estos se compraban principalmente en la Estancia Valle Chacabuco. Hoy quedan pequeños campos que mantienen unas pocas ovejas y a todos los que están en las cercanías del campo de doña Cristine les acecha el peligro que los pumas y zorros que ella cuida tanto, les coman los corderos. Tengo miedo a esta compra de doña Cristine, tengo miedo porque además está comprando en la frontera argentina, tengo entendido que ya compró la Estancia Sol de Mayo y va por más, y va a llegar el día en que también saque los alambres y derribe los hitos fronterizos y vamos a tener serios conflictos con nuestros vecinos. En los albores del Siglo XX Aisén perdió territorio, lo mismo que Magallanes, por la costumbre de los estancieros propietarios de tierras colindantes en ambas fronteras, de sacar los alambres. No me gustaría ver que suceda lo mismo. Yo acuso a doña Cristine y a su marido el señor Tompkins, de no cuidar lo principal que tiene esta región: sus habitantes, sus tradiciones, su cultura. Me parece bien cuidar a los guanacos, zorros y pumas pero Aisén tiene enormes reservas de tierras para ello ¿para que destruir entonces la fuente de trabajo de casi medio centenar de familias campesinas y romper de un porrazo con nuestras tradiciones? Me alegra haber escrito la historia de esa estancia antes de que la compraran los Tompkins, al menos hay un referente escrito para los futuros reclamos. Aisen, tierra de gauchos pero donde también se acentuó la chilenidad, La foto de estos huasos lo acredita.